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Desde Matanzas, la Atenas de Cuba

La masacre del Goicuría

Por Alina Guede Rojas

A pesar de contar solo tres  años de edad, Maritza aún recuerda  el sonido incesante de la sirena y el retonar de ametralladoras que aquel domingo de 1956 frustró la  salida al cine que para ese día, la madre había planeado para ella y su hermana.

En su justificada inocencia infantil, la niña se mortificó cuando le quitaron “ el vestido dominguero ” y le volvieron a poner  la habitual ropita de andar en casa – señal inequívoca de que no habría paseo--.     No podía explicarse qué sucedía y si bien no se asustó, sí recuerda  la preocupación de los mayores de la casa y la insistencia en que por nada del mundo se asomaran a la ventana.

Tuvieron que pasar años, para que mi amiga conociera la triste verdad.  Entonces comprendió la magnitud de lo sucedido.

El cuartel Goiucuría, guarida del sanguinario coronel Pilar García,   había sido atacado.  Era un hecho que rápidamente se propagó por la barriada versallera, donde estaba enclavada la fortaleza  y poco después lo sabría toda la ciudad y el país.

Controlar las armas del  enclave militar  y  levantar la conciencia del pueblo en favor de la lucha insurreccional fueron los objetivos que impulsaron a los corajudos jóvenes que aquel  29 de abril de 1956 asaltaron el tristemente célebre fortín de la ciudad de Matanzas.

Persuadidos  de que para combatir  la sangrienta dictadura impuesta por Fulgencio Batista el 10 de marzo de 1952 no se podía contar   con los partidos políticos de aquel entonces, el grupo de revolucionarios procedentes de las filas auténticas -- organizado y dirigido por el matancero Reynold García--  decidió obrar por cuenta propia.

Un primer camión,  en el  cual viajaba Reynold con la vanguardia del grupo, entró  sin contratiempos porque en la gasolinera de la instalación se abastecían aquellos carros. El resto de los complotados debía rodear la fortaleza para impedir la retirada de sus ocupantes.

La posta se percató de que algo extraño sucedía y alertó a la guarnición. De inmediato, comenzó la balacera. El vehículo fue ametrallado implacablemente, a la par que se incrementaba el fuego cruzado entre  los fusiles de los soldados y   los jóvenes asaltantes.

Concluida la balacera, diez cadáveres fueron tendidos sobre el pavimento, entre ellos el de Reynold, el primero en caer, según mostraban las fotos tomadas por los medios de prensa. Horas después el total de cadáveres ascendía a once.

La persecución desatada condujo a la detención de otros cuatro revolucionarios, con igual destino.  Más tarde,  los esbirros declararon que los 15 habían muerto en el combate. En realidad fue mucho más que eso, fue una masacre.

El asalto al enclave   matancero  pasó a la historia como la  heroica acción  de unos valerosos jóvenes, que, conscientes del peligro que enfrentaban,  inmolaron sus vidas por acabar con la oprobiosa dictadura que desgobernaba el país.   

Un año después del triunfo de la Revolución Cubana, como otros tantos cuarteles del país, el matancero se convirtió en el flamante centro escolar Mártires del Goiucuría, donde a diario, los pioneros saludan la enseña nacional y exclaman: ¡ Seremos como el Che ¡

El oprobioso sistema, contra el que ofrendaron sus vidas un grupo de jóvenes aquel 29 de abril quedó atrás para siempre y  para nunca volver.

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